La vuelta de vacaciones siempre marca un punto de inflexión en las universidades. Septiembre no solo inaugura un nuevo curso académico: también reactiva dinámicas, proyectos y vínculos que sostienen la vida universitaria. Es un momento de transición que combina energía renovada, reajustes y una sensación de apertura hacia nuevas posibilidades.
Tras semanas de desconexión, el campus vuelve a llenarse de movimiento, de vida. El profesorado regresa con ideas nuevas, lecturas pendientes y la intención de refrescar sus asignaturas y profundizar en sus investigaciones, en sus proyectos… El personal de administración y servicios retoma procesos que requieren coordinación inmediata: matrículas, pendientes, reajustes horarios, espacios, atención al estudiantado. Y los equipos directivos y decanales se enfrentan al desafío de reactivar la maquinaria institucional sin perder de vista los objetivos estratégicos del curso. La energía de comienzo se respira en los claustros, y también la presión por recuperar el ritmo rápidamente. La energía es palpable, pero también lo es la necesidad de entrar en septiembre sin perder la calma recuperada durante el verano.
Aunque el descanso del verano suele mejorar el estado emocional, diversos estudios muestran que el retorno puede activar un estrés postvacacional que afecta especialmente al profesorado universitario. La revisión sistemática de de-Armas-Bertossi y Barrera-Corominas (2026) confirma que el bienestar del profesorado se ve condicionado por factores como la sobrecarga laboral y el agotamiento, pero también señala que los periodos de descanso favorecen la recuperación emocional y la capacidad de afrontamiento. Es decir, el verano no solo desconecta: también repara, y ayuda a conectar con uno/a mismo/a.
En los primeros días de incorporación que ya han pasado, sentimos como el tiempo empuja, y proporciona una sensación de que el verano ha quedado lejos. En España, entre el profesorado universitario, el estrés percibido es el predictor más consistente de malestar emocional, especialmente en los primeros días de reincorporación tras las vacaciones (Asensio-Martínez et al. 2026). Sin embargo, el mismo estudio destaca que la resiliencia y la satisfacción laboral actúan como factores protectores, y que quienes practican estrategias de regulación emocional, como puede ser la respiración consciente, pausas breves o reconexión con el propósito profesional, experimentan una transición más suave. Estos datos refuerzan la idea de que septiembre puede vivirse de forma más equilibrada si se cultivan prácticas de calma.

Además, septiembre es un periodo de reencuentro, de compartir, de trabajo en equipo, de nuevas personas y proyectos. El apoyo institucional y los vínculos entre colegas son determinantes para la calidad de vida profesional Rodríguez-Pérez et al. (2026). El profesorado que se siente acompañado y conectado con su comunidad experimenta menos estrés y mayor bienestar, incluso en momentos de alta exigencia. Los vínculos profesionales pueden ser un factor de sostén emocional. No se trata de la cantidad de vínculos sino de la calidad y el cuidado de los vínculos.
Los datos muestran que el estrés postvacacional existe, pero también que no es inevitable. La vuelta al trabajo puede vivirse desde la calma si se incorporan prácticas sencillas: respirar de forma consciente antes de entrar al aula, dedicar unos minutos a revisar el propósito que guía la labor profesional, o iniciar el curso con reuniones breves que permitan reconectar con los equipos y que recargan la energía. Estas acciones no solo reducen el estrés; también fortalecen la sensación de pertenencia a algo más amplio.
La universidad es, sobre todo, una comunidad humana. Y como señalan Rodríguez-Pérez et al. (2026), los vínculos entre las personas actúan como amortiguadores emocionales. Sostenernos mutuamente, a través de conversaciones informales, apoyo cotidiano o espacios de escucha, es una forma de bienestar colectivo que cobra especial importancia en septiembre, cuando todo se acelera, y las personas podemos pararnos para vernos y reconectarnos con la humanidad de la que formamos parte.
Elena Quevedo, profesora de la facultad de Educación y Deporte y responsable de formación en la Unidad de Enseñanza-Aprendizaje de la Universidad de Deusto, equevedo@deusto.es
Referencias
- de-Armas-Bertossi, M., & Barrera-Corominas, A. (2026). El bienestar del profesorado de educación superior: una revisión sistemática. Páginas de Educación, 19(1), e4934. https://doi.org/10.22235/pe.v19i1.4934
- Asensio-Martínez, Á., Aguilar-Latorre, A., Masluk, B., León-Herrera, S., Sánchez Recio, R., & Oliván-Blázquez, B. (2026). Psychosocial and occupational predictors of health among Spanish University Employees: The role of job type, contract status, and seniority. PLOS One, 21(2), e0339726. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0339726
- Rodríguez-Pérez, M. P., León-Herrera, S., Asensio-Martínez, A., García-Bravo, C., García-Bravo, S., Gómez-Bravo, R., & Huertas-Hoyas, E. (2026). Perceived Stress, Burnout, Professional Quality of Life, and Occupational Balance Among University Faculty in Health Sciences Disciplines in Spain—Protocol and Descriptive Results. Healthcare, 14(4), 494. https://doi.org/10.3390/healthcare14040494
- Rey-Tienda, M. de la S. (2026). Análisis del bienestar y la satisfacción del personal docente e investigador universitario: una aplicación desde el enfoque de demandas y recursos [Tesis doctoral, Universidad Loyola Andalucía]. Repositorio Institucional de la Universidad Loyola. https://repositorio.uloyola.es/handle/20.500.12412/7302
