Formación docente del profesorado universitario

El día 23 de Febrero del 2021, la periodista Elisa Silió (EL PAÍS) entrevista al Ministro de Universidades, Joan Subirats, en torno a la futura Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU) que, señala el ministro, incluirá disposiciones en torno a la formación pedagógica del profesorado universitario. Será una formación obligatoria, configurada como “formación inicial” (es decir, obtenida antes de ingresar en la carrera o en la primera etapa de la misma) y vinculada, sobre todo a las metodologías docentes.

La noticia que podría ser muy positiva (al final, eso es lo que postula REDU y en ello trabajamos) viene, sin embargo, lastrada por las tres especificaciones con las que se ha connotado la propuesta del ministerio.
Una formación de la que lo primero que se dice es que será obligatoria comienza ya con mala imagen. Eso significa que se impondrá, que habrá que reglamentarla hasta los mínimos detalles para que el proceso pueda controlarse, que se burocratizará, y que, como todo lo que se impone, se hará porque hay que hacerlo (para obtener el diploma), pero sin demasiado convencimiento.
Si la formación que se plantea se entiende como formación inicial (que lo es, desde luego) se pierde la perspectiva de la formación como proceso permanente a lo largo de toda la carrera académica. Si se impone la visión de la formación como condición previa más que como compromiso permanente, se habrá perdido una parte importante del valor de la formación vinculado al desarrollo profesional del profesorado universitario.
Si la formación se vincula de forma restrictiva a las metodologías docentes, perdemos de vista que la docencia no solo reside en lo que se hace y cómo se hace, sino en lo que se sabe y se piensa que, a la postre, es lo que nos lleva a hacer las cosas de una determinada manera. Las competencias docentes se vinculan tanto a los conocimientos sobre lo que significa enseñar y aprender en la universidad como a la mejor forma de hacerlo en función del campo científico al que se pertenezca y del contexto en que se ejerza la docencia. La experiencia que se tiene en innovación educativa nos dice que centrarse en cómo hacer algo no suele dar un resultado ni aceptable ni duradero.
Pese a todo ello, la noticia es una muy buena noticia. Tiene razón el ministro cuando dice que la investigación no debe minorizar la importancia de la docencia (“la universidad no puede ser una academia donde solo se dan clase, ni un laboratorio donde solo se investiga”). La tiene, también, cuando señala que “ser doctor no significa saber enseñar”. Nos gusta mucho la idea de los sexenios de docencia que puedan reconocer los esfuerzos en ese ámbito del profesorado. Nos parece correcto pensar en que esa formación docente pueda aprovecharse de los avances digitales y los nuevos entornos que con ellos facilitan la formación, siempre que no se olvide la importancia del contacto personal entre quienes se forman para la docencia. Y, personalmente, me parece brillante su idea de que los estudiantes pasan 4 años de formación en la universidad y que la buena docencia es la mejor forma de defenderlos y atender a sus derechos.
El gran desafío para todos (ministerio, equipos rectorales de las universidades, instancias encargadas de la formación docente, asociaciones y expertos en formación del profesorado universitario) es llegar a articular propuestas formativas variadas y ricas que resulten atractivas a los muchos y muchas docentes que se irán incorporando a las universidades en los próximos años.

Miguel A. Zabalza

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