Infantilización y Universidad

No hace mucho, circuló, entre colegas universitarios, un artículo del historiador y profesor de la UAB Joan B. Culla, Avaluacions i infantilismes, publicado en el periódico Ara de 8 de febrero. Un profesor amigo me lo envía un poco como para provocarme, porque me tiene clasificado, con poca exactitud, como de éstos de la innovación docente. Ya avanzo que suscribo en su totalidad el texto de Culla.

La identidad del profesor universitario es disciplinar –su área de conocimiento– y esta disciplina marca la comunidad de referencia. Así como la investigación juega un papel destacado en esta comunidad de referencia, la docencia vive algo al margen. Y, sin embargo, todos los universitarios somos docentes. Aunque la docencia, incomprensible y lamentablemente, sea el hermano pobre de la profesión, los comentarios y las discusiones sobre docencia están a la orden del día.

Cuando entre profesores debatimos formal e informalmente sobre docencia, suele aparecer el tema de la infantilización de los estudiantes universitarios. Pero este término no aparece en el debate sólo como un accidente causado no se sabe por quién y que nosotros sufrimos; no se considera sólo como una enfermedad que viene de afuera. Algunos profesores hacen corresponsable a la misma Universidad y, de hecho, en el debate, lo ponen en el mismo saco que otros achaques que hoy afectan a la academia, como una consecuencia inevitable de algunas prácticas nuevas (digamos que de los últimos veinte años: simplificando, desde el EEES o el plan de Bolonia).

Así, la infantilización, se ve como el resultado de la tutorización, de Bolonia, de la innovación docente, de la evaluación continua, de las competencias, de los procesos de acreditación, del aseguramiento de la calidad, de las metodologías docentes activas, de las formaciones que impulsan los ICE, y de un larguísimo etc…

Como decíamos, se ponen en un mismo saco muchas cosas distintas sin que siempre se pueda verificar que exista una relación de causa y efecto. Esta polémica sobre la infantilización se produce en un contexto en el que cada vez más todos los debates tienden a polarizarse y a perder matices. Y simplificando de esta manera los términos, en un lado o en un polo encontraríamos la constelación de todos los males que afectan al actual modelo educativo –en todos los niveles, y también en el universitario–, como la mencionada infantilización, la relajación, la falta de exigencia, la innovación, etc…. y, en el otro polo, y como consecuencia de la simplificación, encontraríamos lo que había antes del proceso de infantilización. ¡Aquello sí que era docencia de la buena! Un poco ocurre como la ley del péndulo, que va de un extremo a otro sin encontrar un punto medio.

Es innegable que existe una corriente de infantilización de los jóvenes, que podría describirse como falta de autonomía, de profundidad, de reflexión, de capacidad de esfuerzo, de disciplina, y como un exceso de protección, de superficialidad, de darles todo hecho y digerido, etc. Esto lo vivimos en la sociedad y en las familias, y claro, nos lo encontramos también en la Universidad. Y sabe mal no poder negar que algunas prácticas supuestamente innovadoras lo acentúan, efectivamente. Pero deberíamos ser suficientemente críticos para darnos cuenta de que no toda la pedagogía o la didáctica, ni toda la renovación es necesariamente infantilizadora.

Dentro del bosque pedagógico hay una tendencia que cree en la mejora de la docencia –porque estaremos de acuerdo en que la docencia, como casi todo, también es mejorable, ¿no? Y que esta mejora de la docencia universitaria pasa por reconocer que hoy enseñar y aprender es algo complejo; que todo –estudiantes, profesores y contexto– ha cambiado mucho en los últimos veinte años; que la manera de enseñar y aprender de hace 30 o 40 años quizás debe ser modificada; que el profesor universitario puede ser muy competente en la investigación y en su disciplina pero nadie le ha enseñado a ser un buen profesor –¿o es que esto nos viene dado no se sabe cómo?; que ser un buen profesor depende de muchos factores (vocación, experiencia, reflexión… pero también aprendizaje); que el conocimiento no transita de una mente a otra –de profesor a estudiante– como un cable USB; que una cosa es información y otra muy distinta es conocimiento; que hoy incluso el conocimiento “estático” es insuficiente, que además (y remarco el tono inclusivo o no exclusivo) hay que saberlo utilizar en contextos diferentes; etc, etc… Esta mejora de la docencia se lleva a cabo desde de la autonomía y el aprendizaje autónomo (que no es dejar al estudiante abandonado en la selva), la disciplina, el esfuerzo, la exigencia y el rigor. Todo esto forma parte de la renovación docente tal y como la entendemos y se encuentra en las antípodas de la infantilización.

Ya empieza a ser hora, por tanto, que sepamos distinguir entre infantilización y mejora y renovación docente, a menos que lo que queramos es no hacer el esfuerzo de mejorar porque preferimos hacerlo como siempre se ha hecho, que cuesta menos esfuerzo.

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